viernes, 1 de mayo de 2026

5 chistes cortos

1. El hombre que se quejaba de su memoria

Un señor va al médico muy preocupado:

— Doctor, tengo un problema gravísimo de memoria. Me olvido de todo. ¿Qué puedo hacer?

El médico le dice:

— Bueno, cuénteme desde cuándo tiene este problema.

El hombre responde:

— ¿Qué problema?

— El de la memoria.

— ¿Acaso tengo problemas de memoria? —dice el hombre extrañado.

— Sí, me acaba de decir que se le olvida todo —responde el médico.

— No me acuerdo de haber dicho eso —contesta el paciente.

— Entonces, ¿para qué vino a la consulta? —pregunta el doctor.

— No lo sé, se me olvidó.

Al final, el médico le receta una medicación. A la semana, el hombre vuelve.

— Doctor, esos comprimidos que me recetó…

— ¿Sí? ¿Le hicieron efecto?

— No lo sé, doctor. Es que perdí el papel donde las anoté y no sé para qué eran.


2. El electricista novato

Un electricista va a arreglar un problema en una casa. La señora le dice:

— Mire, el interruptor del pasillo no funciona, pero el del salón sí.

El electricista empieza a revisar, corta la luz, manipula cables, y después de una hora le dice a la señora:

— Ya está, señora, puede probar.

La señora enciende el interruptor del pasillo y se prende la luz del salón. Enciende el del salón y se apaga la tele. La señora, extrañada, le dice:

— Oiga, ¿y esto?

El electricista, muy serio, le responde:

— No se preocupe, señora, es la nueva tecnología “circuito sorpresa”. Ahora cada vez que encienda una luz, otra cosa hará algo diferente. Es más divertido.

La señora lo mira y dice:

— ¿Y cuánto le debo?

— Nada, señora. El espectáculo ha sido por mi cuenta.


3. Jaimito en el colegio (el clásico pero bien contado)

La maestra le pregunta a Jaimito:

— Jaimito, si en una mano tengo 8 naranjas y en la otra 6, ¿qué tengo?

Jaimito responde sin dudar:

— Unas manos enormes, señorita.

La maestra se enfada y le dice:

— No, Jaimito. Tienes 14 naranjas en total. Ahora dime, si cojo esas 14 naranjas y las reparto entre 7 niños, ¿cuántas naranjas le tocan a cada uno?

— ¡Un lío padre, señorita! Porque primero habría que comprar las naranjas y luego buscarlos a los niños, y para cuando los encuentre, las naranjas ya se habrán podrido.

La maestra, desesperada, le dice:

— Jaimito, vete al rincón de pensar.

Jaimito se va, y al rato la maestra lo oye murmurando:

— "Si tuviera 14 naranjas y 7 niños… mejor me como yo las 14 y les digo que no había nada".


4. El turista en Escocia

Un turista llega a un pequeño pueblo de Escocia y entra en un pub. Ve a un viejo sentado en la barra con una oveja a sus pies. El turista le pregunta:

— Disculpe, ¿por qué tiene una oveja aquí?

El viejo escocés le responde con su acento:

— Porque es mi perro guía.

— ¿Perro guía? ¡Pero si es una oveja!

— Ya, lo sé. Pero la empresa de perros guía me envió a este pastor alemán. y total, para no discutir, le puse el bozal al pastor y ahora la oveja me guía a mí. Lo que pasa es que la oveja no ve muy bien, así que a veces nos perdemos.

— ¿Y por qué no se compra un perro de verdad?

— Es que en Escocia los perros son muy caros. En cambio, las ovejas… las ovejas las regalan si les prometes no contarlo.

El turista, confundido, pide una cerveza. Al pagar, le dice al viejo:

— Oiga, y ¿la oveja toma algo?

— No, ella conduce.


5. El médico y el paciente hipocondríaco

Un paciente entra en la consulta del médico y le dice:

— Doctor, doctor, creo que tengo el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas.

— ¿Por qué lo cree? —pregunta el doctor.

— Porque unas veces me veo muy grande, otras muy pequeño, y además todo me parece más raro de lo que es.

— Mire —dice el doctor—, eso no es ningún síndrome. Eso le pasa por mirarse en la cuchara cóncava del café. Pero cuénteme más. ¿Tiene algún otro síntoma?

— Sí, doctor. Creo que también tengo el síndrome de la pierna inquieta. Me pasa que por las noches no puedo dejar de mover la pierna.

— ¿La derecha o la izquierda?

— Las dos.

— Eso no es el síndrome de la pierna inquieta, amigo. Eso es que se olvida de mear antes de acostarse.

— Ah, tiene razón… ¿Y cree que pueda tener también el síndrome de Estocolmo?

— ¿Por qué? ¿Acaso ha sido secuestrado?

— No, pero es que me cae muy bien mi secuestrador imaginario.

El médico suspira y le receta un placebo. A la semana, el paciente vuelve:

— Doctor, el placebo no me hizo nada. Pero tengo otro problema: creo que he desarrollado el síndrome del impostor.

— ¿Por qué?

— Porque me hago pasar por paciente para que me den cita, y en realidad soy el psiquiatra de al lado.



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